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Revista: NEUROFELICIDAD - Creciendo como Seres Humanos y Aprendiendo a Ser  Felices

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ENTREVISTA

Sergio Lotauro es Licenciado en Psicología, egresado de la Universidad de Belgrano con diploma de honor y medalla al mérito académico. Luego de su graduación, obtuvo un doctorado en neurociencias cognitivas y se especializó en neuropsicología, en la Universidad Maimónides.

Desde hace doce años, su interés de investigación se centra en el estudio del cerebro y su relación con la conducta. Ha publicado trabajos sobre psicología experimental en revistas especializadas, y también es escritor y columnista sobre psicología, neuropsicología y neurociencias cognitivas en publicaciones de divulgación cultural y científica.

Divide su tiempo profesional entre la práctica clínica, la docencia y disertaciones a nivel nacional.

Sabemos que las neurociencias cognitivas representan una verdadera revolución dentro de la medicina. Pero, ¿cómo podemos nutrirnos del avance de las neurociencias cognitivas en la vida cotidiana? ¿Es posible mejorar nuestra calidad de vida a partir de estos hallazgos?

Tal vez uno de los más interesantes hallazgos es el descubrimiento de que los humanos no somos seres tan racionales como pensábamos, sino más bien seres esencialmente emocionales. Esto es algo que se pone de manifiesto permanentemente en nuestras decisiones cotidianas.

La verdad es que la mayor parte del tiempo, desconocemos las verdaderas razones que nos impulsan a hacer aquello que hacemos, y en su lugar inventamos explicaciones que se ajustan mejor a lo que se espera de nosotros o a nuestras propias expectativas.

A estas explicaciones que no coinciden con la realidad se las llama “racionalizaciones”. Por ejemplo, cuando se les pide a las mujeres que enumeren las diez cosas que les resultan más gratificantes, usualmente “jugar con los hijos” aparece en el primer lugar. Sin embargo, cuando en una segunda instancia se les pregunta qué fue lo más placentero que hicieron el día anterior, “jugar con los hijos” aparece entre las últimas opciones. Las respuestas originales de estas mujeres parecen ser meras racionalizaciones que encajan mejor con las expectativas culturales.

¿Qué rol juegan las emociones en estas decisiones cotidianas?

La gente cree que las emociones interfieren con la capacidad para tomar decisiones racionales, y muchas veces es así. Pero hay ocasiones en las que nuestras emociones orientan nuestra atención hacia lo fundamental del problema que tenemos entre manos, como por ejemplo cuando nuestra vida corre peligro.

Cuando nos falta información, o ante información poco clara, las emociones nos ayudan a resolver el conflicto. Por ejemplo, cuando algo en nuestro interior nos dice que no debemos confiar en nuestro nuevo socio o no invertir en determinado negocio.

Desde el punto de vista neuropsicológico, ¿qué regiones del cerebro participan en esta dinámica?
Esencialmente, la corteza orbitofrontal y la amígdala. Típicamente, los animales de laboratorio y también los humanos con la amígdala dañada no responden bien ante las situaciones de riesgo, mostrándose poco cautos o directamente desinteresados ante la posible amenaza. Esto quiere decir que incluso las emociones que experimentamos como “desagradables” y que tendemos a evitar a toda costa, como el miedo o la culpa, ayudan a que nos comportemos de manera adecuada a nuestros propios intereses.
¿De qué manera las emociones pueden perjudicarnos o jugarnos en contra?

Debemos escuchar a nuestras emociones, porque todas cumplen una función, todas nos comunican algo. Barrer debajo de la alfombra a algunas emociones como el malestar o el disgusto, con el tiempo lleva al desarrollo de trastornos psicológicos como la depresión o los ataques de pánico.

Las personas emocionalmente inteligentes saben como gestionar productivamente sus emociones negativas, y son hábiles para identificar sus emociones positivas, y así poder potenciarlas y sacarles el máximo provecho.

Existe una emoción que es de especial interés para nosotros, y es la felicidad. ¿Es posible moldear nuestro cerebro de alguna forma para ser personas más felices?
Por supuesto, y hay varias maneras de lograrlo. Como seres humanos tenemos el lóbulo frontal más desarrollado de todos los mamíferos, y eso nos coloca en un lugar de privilegio para gestionar nuestras propias emociones.

Una forma es lo que se conoce como “reestructuración cognitiva”, que consiste en reflexionar y reconsiderar el significado de un acontecimiento que en principio nos parece negativo. Por ejemplo, podemos enojarnos y dar rienda suelta a nuestra ira si quedamos atrapados con nuestro auto en un embotellamiento de tránsito, o decirnos a nosotros mismos que ese es un excelente momento para relajarnos y escuchar música clásica, cosa que hace mucho tiempo queremos hacer y no encontramos el momento.

El cerebro es un órgano que construye significados, y muchas veces las emociones que experimentamos dependen del significado personal que le otorgamos a las cosas que nos suceden.

¿Y qué ocurre con los acontecimientos positivos? ¿Cómo influyen las cosas buenas que nos pasan en nuestra felicidad?

Todo parece indicar que llegamos a este mundo con un rango de felicidad predeterminado genéticamente, es decir, nuestra capacidad individual para ser felices tendría un techo. Al igual que la inteligencia y otras habilidades.

Se piensa que la capacidad de una persona para ser feliz tiene un punto de anclaje y tiende a ser estable en el tiempo. Los grandes acontecimientos, ya sean negativos o positivos, tienen un impacto más modesto sobre la felicidad de lo que cree la mayoría de la gente. Por ejemplo, las personas lisiadas no son en promedio menos felices que las personas no lisiadas, ganar el premio gordo de navidad produce un gran monto de felicidad inicial que se diluye con el tiempo.

Este fenómeno se conoce como “adaptación hedónica” y consiste en un rápido acostumbramiento a lo nuevo, que se da en todos los órdenes, y que pasada la euforia nos lleva de nuevo a nuestro nivel de felicidad de base. Esta es la razón por la que muchas personas caen en la compra compulsiva de cosas que en realidad no necesitan, como una forma de renovar permanentemente la efímera felicidad inicial que produce la adquisición de bienes materiales.

Pero si todos contamos con un grado de felicidad predeterminado… ¿entonces cualquier intento que hagamos por ser más felices será en vano...?
No necesariamente, porque existen muchas cosas que podemos hacer para maximizar nuestra felicidad dentro de esos límites. Es decir, está en nuestras manos la posibilidad de movernos al extremo superior de nuestro rango particular de felicidad.
¿Por ejemplo? ¿Qué podemos hacer al respecto?

Para empezar, debemos luchar para eliminar todo lo que nos estresa en nuestra vida cotidiana. La contaminación acústica en las grandes ciudades es una fuente permanente de irritabilidad. También está demostrado que la falta de privacidad dentro del propio hogar, ya sea por espacio reducido o hacinamiento; y el tener que recorrer grandes distancias en transporte público para desplazarse al trabajo todos los días son dos de las variables que más atentan contra la felicidad.

El ritmo frenético de vida que llevamos, y que a esta altura del partido se nos ha naturalizado, es incompatible con la fisiología del cerebro humano, que cree que aún vivimos correteando plácidamente en la praderas.

Hacer muchas cosas al mismo tiempo, cargarse de compromisos y responsabilidades también es sumamente nocivo para nuestra salud mental, porque a diferencia de lo que muchas personas creen, nuestro cerebro no es multitarea, y en cambio es proclive a saturarse de estímulos y a agotarse con facilidad.

Gracias al efecto de la adaptación hedónica, pequeños placeres frecuentes tienen mayor peso sobre la felicidad que grandes acontecimientos aislados, como por ejemplo tomar un café con un amigo o dedicar un rato por día a la lectura de un libro que nos fascina.

El sexo es una actividad universalmente valorada como necesaria para la felicidad tanto por hombres como mujeres. Llevar una vida ordenada, organizada en base a hábitos positivos, y una buena calidad de sueño, también es crucial.

A nivel más personal, concentrarse en las fortalezas propias para resolver problemas del día a día siempre es mejor idea que invertir energías para tratar de corregir nuestros defectos. Y por encima de todo esto, lo más importante es hallar un objetivo de vida que nos trascienda, que le otorgue significado a nuestra existencia. Si podemos responder a la pregunta “¿para qué estoy en este mundo?” ya tendremos buena parte del camino hacia la felicidad recorrido. Creo que fue Nietzsche quién propuso algo similar cuando sugirió que quien encuentra un  “por qué” vivir, casi siempre también encuentra un “cómo”.

GRACIAS Dr. Lotauro!

 

 


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